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La suerte de ser despedido

A pesar de lo que se cree, muchas veces los despidos son buenos en tanto son oportunidades para atreverse a realizar cambios positivos fuera de nuestra zona de comfort.

Por: Pablo Cateriano

En mis poco más de treinta años de vida laboral me han despedido dos veces. Fueron experiencias muy duras -como supondrán pero que, sin embargo, me ayudaron muchísimo: ambas me empujaron a decisiones (muy buenas) que seguramente desde la tranquilidad de una oficina no me hubiera atrevido a tomar. La primera vez que me despidieron tenía 26 años. Trabajaba en un instituto de investigación y estaba a punto de casarme. Ganaba espectacularmente bien (para mi edad y también dada la terrible situación económica que atravesaba nuestro país) y hacía cosas que me gustaban. Pero un buen día me llamó el gerente general y me dijo que lamentablemente se habían perdido unos aportes del extranjero y por lo tanto no podían seguir contando con mis servicios.

“Pasados los años tengo claro que, tras las dos despedidas, vinieron buenas épocas. Las mejores. Tanto en la televisión como en el mundo de la consultoría”

Como es lógico, sentí que el mundo se me acababa. Pero no, rápidamente conseguí una entrevista con el director de un diario que años atrás había querido contratarme y le conté del hecho.  Me ofreció un puesto que acepté como un paso a lo que realmente buscaba: ingresar a la televisión. La experiencia ganada, sin duda, me ayudó a dar el gran salto. Así es que un buen día me animé a hacer un “casting”. Y, luego de una larga espera, entré a la televisión. Mi vida cambió radicalmente. No solo desarrollé lo mejor de mí sino que me mantuve por dieciséis años en una liga a la que pensé nunca podría llegar: la de ser un periodista popular y con un sueldo de ensueño. Lamentablemente tuve que renunciar luego. A los 45 años me despidieron por segunda vez. Cometí un “error”: le aconsejé a mi jefe -creyéndolo amigo- cómo manejar su imagen pública en el futuro. Pero él entendió mal mis sugerencias y le encargó a su subalterno buscar una excusa para echarme: obligarme a trabajar a tiempo completo. Yo ya estaba en el mundo de la consultoría en comunicación, pero con pie en la universidad de la que me invitaban a salir, así es que no acepté ese repentino y sospechoso pedido. Ese fue el momento en el que decidí dedicarme a tiempo completo a mi emprendimiento. No me quedaba otra. Pasados los años tengo claro que, tras las dos despedidas, vinieron buenas épocas. Las mejores. Tanto en la televisión como en el mundo de la consultoría. ¿Suerte? Un poco, sin duda. ¿Fortaleza? Algo. ¿Preparación? La suficiente. Entonces, ¿qué fue lo más destacado de estas experiencias? Que en ambas ocasiones encontré amigos: las puertas de la televisión me las abrió una amiga y aprendí a ser consultor gracias a un amigo. Sin los amigos somos nada.

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