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La próxima pregunta

Los jóvenes peruanos de hoy poseen la oportunidad de viajar, experimentar, aprender y regresar a aplicar sus conocimientos como probablemente no pasó nunca.


Por: Pablo Cateriano


Acabo de regresar de Boston de visitar a mi hijo recién casado, quien está allá con su esposa, estudiando ambos sendas maestrías. Boston -creo- es una de las más lindas ciudades de Estados Unidos. Y, sin duda, un paraíso para cualquier estudiante. Tiene 54 universidades y escuelas de postgrado, y ahí están desde la más antigua del país hasta las más reputadas. Sus cerca de 250 mil estudiantes le dan un calor especial y representan, además, un enorme poder económico, ya que se calcula que le inyectan anualmente a su economía casi US$5,000 millones anuales. Fueron días espectaculares. Desde caminar por Newbury Street, ir al TD Garden a ver ganar a los Celtics, conocer el impecable barrio chino, perdernos por el parque Boston Common, hasta comer delicioso en cualquier lugar y conocer la biblioteca del mítico expresidente J.F. Kennedy, en donde recibimos una clase magistral de historia en apenas dos horas. Pero lo más espectacular no ocurrió en la calle. Pasó una noche en el departamento de Pablo y Juana, frente a unas cervezas sobre la mesa. En medio de una larga y entrañable conversación, Mili y yo les preguntamos cómo se sentían, sobre todo después de haber dejado trabajo, amigos y comodidades, para embarcarse en una apuesta que, para colmo, acabará con todos sus ahorros. Pablo me dijo que lo que estaba viviendo era un sueño realizado. Igual Juana. Interrogados, sin embargo, sobre el por qué se habían decidido por esta aventura, encontramos razones diferentes. Pablo nos dio tres: quería vivir fuera, quería fortalecer su inglés y quería estar en una ciudad que le ofrezca todo. Juana, en cambio, creía que hoy necesitaba diferenciarse y también mejorar profesionalmente. Motivaciones distintas, pero igual objetivo: crecer.

“Improbable para un joven de mi generación, cuando uno tenía que aferrarse al puesto de trabajo o simplemente no tenía recursos ni financiamiento para pensar en salir”.


Afortunadamente, la situación económica por la que atraviesa nuestro país desde hace ya casi dos décadas permite que jóvenes como Pablo y Juana crezcan -personal y profesionalmente- en cualquier lugar del mundo, estudiando en claustros impecables y recibiendo lo último en conocimiento. Y la mayoría de ellos, por suerte, con el ánimo de regresar al Perú a compartir lo aprendido. ¡Tremenda experiencia de vida! Improbable para un joven de mi generación, cuando uno tenía que aferrarse al puesto de trabajo o simplemente no tenía recursos ni financiamiento para pensar en salir, experimentar y aprender de otras culturas. Hoy es común, por lo visto en estos días, y altamente recomendable.

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